Nuevos poemas en Español:
I. Rendirse al amor
Lluvia en los pinos.
Tu nombre cruza mi pecho
como agua oscura
II. Rendirse a uno mismo
Frente al viejo espejo
dejo caer lentamente
la máscara intacta
III. Rendirse a la vida
Se detiene el tren.
La nieve cubre en silencio
todos los caminos
IV. Rendirse a la muerte
Con la última ola
hasta el faro se inclina
hacia el amanecer
— Adam Donaldson Powell
____________________________
Tenemos sólamente este momento
Tenemos sólamente este momento.
Una pausa sola, sin aliento.
Un momento sin comienzo o final.
Una eternidad.
Un beso que quema nuestros labios.
Una pasión ilimitada.
Un momento que nunca puede ser olvidado.
Mis sueños son siempre iluminados
cuando me duermo … pensando en tí.
Un caballero y su hombre … somos perfectos.
Pero no siempre perfecto juntos.
Vivo para aquellos momentos
de perfección.
Vivo para morir de amor por tí.
Tenemos sólamente este momento.
Una pausa sola, sin aliento.
Un momento sin comienzo o final.
Una eternidad.
Mi cuerpo tiembla … cuando tus pestañas
cepillan contra mis mejillas.
Una pasión ilimitada.
Un momento que nunca puede ser olvidado.
Abrázame, y nunca me déjes ir.
Este es nuestro momento.
Un caballero… y un hombre;
somos perfectos.
Perfectamente ahora … somos perfectos.
— Adam Donaldson Powell
___________________
a medida que pasaron los años
A medida que pasaron los años
llevé conmigo una infancia hecha de gritos silenciosos.
Mis primeros poemas, a los dieciséis,
eran mentiras romantizadas,
papel de seda sobre heridas abiertas,
negación vestida de rima,
fantasía como salvavidas.
Me escribía fuera de mi propia piel,
lejos de las manos que habían quebrado,
lejos del recuerdo que no dormía.
Huía hacia destinos desconocidos,
hacia mundos de historietas
donde los héroes siempre ganaban
y los villanos caían sin sangre.
Cada noche le rezaba a Dios
por misericordia,
por un final suave,
por ser liberado de mi cuerpo,
por morir antes del amanecer
y no continuar.
A los dieciocho,
el mundo se abrió en la desnudez,
en el sol y la hierba,
en colores psicodélicos,
en comida natural y cuerpos libres,
en orgías hippies,
marchas por la paz,
gritos contra la guerra,
y el placer del grito primal
que desgarraba el pecho.
Huía de la rima femenina,
de los finales suaves,
impulsado por una psicología simplificada
y los lemas espirituales de la época.
“Estoy bien, tú estás bien”
se convirtió con el tiempo en
“Estoy bien,
pero tú me envías al sótano”,
donde la oscuridad esperaba
como una vieja conocida.
En mis veinte,
mi deseo cambió de forma,
de dos direcciones
a una.
La bisexualidad se volvió homosexualidad,
y mis versos
se volvieron más intelectuales,
más abstractos,
artísticamente velados
como vidrio ahumado.
Bailé mis noches
en clubes de élite
en Nueva York,
en Londres,
en París,
luces de disco como altares parpadeantes,
cuerpos en ritmo,
la embriaguez como pulso,
apenas suavizada
por mi trabajo como pianista clásico.
En mis treinta,
mi carrera tomó forma:
editorial y poesía,
las palabras como sustento.
Huí de una América fallida
mudándome a Europa,
cruzando el océano
como si el agua pudiera limpiar.
Mi poesía se volvió multilingüe;
el inglés recibió otras lenguas.
Llegó el español,
llegó el francés,
llegó el italiano,
llegó el noruego,
llegó el portugués,
las lenguas se asentaron en capas
como nuevas pieles
sobre la antigua.
Sin embargo, mis matrimonios
y divorcios
aún ocultaban la violencia
y los abusos sexuales
que marcaban mi vida diaria.
Añadí más títulos:
activista contra el sida,
activista cultural,
orador público.
Escribí y pinté
sobre la sanación,
a través del encuentro con la muerte,
la mía y la de otros.
Viajé por el mundo,
encontré a Dios en la naturaleza,
en mí mismo,
y a veces en otros.
Poco a poco, la poesía
reemplazó la aventura romántica,
el vino y el tabaco,
la terapia y la constante necesidad
de llenar mi vida de drama.
Y ahora, en mis setenta,
la poesía ya no es algo que hago.
Ya no es una huida
nacida de la adicción a sobrevivir
mediante hazañas forjadas en dolor
y la búsqueda del sufrimiento.
Mi poesía es ahora quien soy.
Y mi brillantez
es mi honestidad.
A medida que pasaron los años,
vivo.
— Adam Donaldson Powell
_________________
carta erótica
Qué dulce…
Comencemos con un beso en la boca para abrir la puerta a tu templo sagrado. Solo una vez. El sexo siempre empieza así, mi amor. Mientras ato tus muñecas a la espalda, rodeo suavemente tu cuello y hombros con mis brazos, luego penetro tus suaves orejas con mi lengua, antes de acariciar amorosamente tu cabello. Te giro hacia mí. Te miro profundamente a los ojos y vuelvo a besar tus labios, esta vez con más fervor. Luego te cubro los ojos con mi pañuelo y te abrazo más fuerte, para que puedas oler el sudor de mis feromonas, y te sientas mareada y temblando de anticipación. Estás excitada, pero te sorprenderé con suaves besos de mariposa: acaricio delicadamente tus mejillas con mis pestañas. Entonces empiezas a derretirte mientras beso y lamo todo el frente de tu magnífico cuerpo, de la cabeza a los pies. Antes de moverme detrás de ti, tiro de tu polla. Tu trasero comienza a temblar mientras mi lengua penetra más profundamente en ti. En ese momento, deseas liberarte del pañuelo que te cubre los ojos y de las ataduras que te atan las muñecas. Luchas contra tus ataduras, pero es en vano. Por ahora, eres mi prisionera. Te daré lo que quieras, pero solo cuando yo lo quiera. Obedecerás. Y saborearás cada momento.
— Adam Donaldson Powell
__________________
MIENTRAS ESPERAMOS
Pacientemente — nos mantenemos,
desesperados por creer en Dios,
en la justicia y la humanidad.
Repetidamente — sufrimos
nuestra propia ignorancia e inmovilidad.
Admirablemente — nos hacemos mártires,
e intentamos paliar nuestro dolor con santidad
y consideración.
Inevitablemente — nos vengamos,
con las mismas tácticas de nuestros agresores.
Últimamente — nos avergonzamos
por todos los que pensaban que éramos extraordinarios.
Típicamente — esperamos
que el mundo reconozca sus equivocadas críticas.
Irónicamente — no aprendemos nada,
y no se olvida ni se perdona.
AMÉRICA, NO TE RECONOZCO.
Imágenes de mi patria
destruídas por la realidad:
fronteras cerradas,
sospechas y
paranoia inherente …
impresiones digitales obligatorias …
registro electrónico de inmigrantes …
guerras preventivas de guerras.
América, no te reconozco.
(Shhhhh …)
América … No te reconozco …
No te reconozco …
América …
BOLERO MODERNO.
Las estatuas de los ángeles
tiemblan de miedo.
Las madres valerosas
lloran en secreto
al comienzo
de cada día de escuela.
Mentes bellas de jóvenes
torcidas
en un baile
perverso …
descarado.
Mientras
las bombas estallan,
las vírgenes prometidas
juegan al escondite …
y no se oye más música.
VERDE.
Manzanas,
peras, aceitunas,
apio, espárragos,
brocoli, aguacates,
árboles, esmeraldas,
chakra corazón,
ojos seductores,
culebras de Boy Scout,
política ambiental,
chaquetas militares,
dólares americanos,
avaricia, celos …
verde.
ALEGRÍA.
¿Dónde buscamos la alegría?
¿En la sonrisa del niño
en su fiesta de cumpleaños?
¿En la cara del adolescente orgulloso
que alcanza su primer orgasmo?
¿En la mente del padre
cuando nace su primer nieto?
Repito …
¿Dónde buscamos la alegría?
¿En las noticias: que los gobiernos ricos
de occidente han dado
otra dura lección?
¿Escuchar que todo esta bajo control y
que los insurgentes han sido detenidos?
¿En el anuncio de que la economía mejora
o que pagaremos menos impuestos?
Repito …
¿Dónde buscamos la alegría?
¿En nuestras calles hermosas
llenas de mendigos y de ladrones?
¿En saber que la gente pobre del mundo
goza de más justicia y de menos pobreza?
¿En el trabajo por la paz y
la igualdad en un mundo para todos?
Repito …
¿Dónde buscamos la alegría?
EL DIABLO.
Ojo.
El Oscuro
no reside en las sombras,
ni entre tus amigos
o enemigos.
Ojo.
Sus mentiras malvadas
cerca de ti,
ansiosas
esperan a ser liberadas
por los descendientes de
Pandora.
Ojo.
Con no caer en el
camino hacia la inercia
y la ruindad,
O a ser atacado brutalmente
por la tentación y la
obsesión.
Ojo.
Los egoístas
y los adoradores
de falsos esplendores
pueden esperar
poco más que
decepciones.
Sí, hay que tener ojo
ante la oscuridad …
Y ojo con los
espejos …
Pero más que nada
Ojo
Con el demonio
que eres tú.
— Adam Donaldson Powell
________________
Vals Renco
Detrás del velo de unos ojos
sin llama, húmedos, callados,
baila un vals cojo y desvelado,
a tres patas, sin destino,
como un niño en su delirio
de relojes y murmullo.
Cada paso, un eco torcido
que sigue el tic-tac inviolable,
en la piel de una vida sin peso,
sin dolor, sin impulso.
Todo intento de romper el vidrio
es tan vano como gritar dormido
o pelear con nubes.
Y en la orilla de las promesas
encontramos, casi sin querer,
el consuelo de ser sombra y ruido.
Fingimos no notar
ese perfume a limón,
agridulce y constante,
que nos deja cada alma al pasar.
— Adam Donaldson Powell
_________________
como un ladrón en la noche.
Como un ladrón en la noche,
me robaste el corazón … y ahora
he encontrado de nuevo el amor propio.
el tantra de rodo (1).
Las palabras tuyas tocaban mi corazón …
y entonces me dieron una erección;
un fuego que sólo tú puedes extinguir.
el tantra de rodo (2).
Estas palabras románticas
se follan mi mente …
sin vergüenza;
y nuestros fuegos artificiales
dominan mis pensamientos:
Ahhh … tu culo, mi lengua.
Ayy, qué rico.
¡Prepárate!
el tantra de rodo (3).
cielos cubiertos cremosos,
gruesos como el yogur.
me recuerda a
tu y yo …
y …
bueno, ya sabes …
el tantra de rodo (4).
sin ti – aquí a mi lado,
mi cama se siente
como demasiado grande.
y entonces recuerdo que
eres sólamente
un pensamiento a la distancia.
el tantra de rodo (5).
tu y yo …
nosotros y los nuestros …
aquí …
en este momento …
una eternidad.
el tantra de rodo (6).
Aun cuando les decimos
no lo van a entender.
No, la única posibilidad
para ellos sería
tocar nuestros pechos
y sentir los latidos de nuestros corazónes
a medida que lo intentamos tontamente
para describir lo indescriptible.
el tantra de rodo (7).
tú.
solamente
tú.
Versos eróticos.
tus labios …
tus labios.
me dan los sueños
de la mamada perfecta.
¡delicioso!
¡ay! ¡que rico!
¡que rico es!
voy a joderte;
y tu lo sabes muy bien.
(voy a joderte.)
coño … maricon …
which expletive deleted
turns you on the most?
tell me …
I need to know.
I will taunt you with it
until you shut me up,
and relinquish your unbridled
sex upon me — uncontrollably.
I am not really a “nasty pig” …
I am just a little naughty;
and perhaps very horny
… for you …
right here, and now.
¡hazlo, maricon! ¡hazlo bien!
¡Fuerza!
El amor.
¡Fuerza!
El sexo.
¡Fuerza!
Las mentiras.
Y tal vez te encuentre
en mis sueños errantes.
Las reglas más importantes
Con respecto a la vida
Nos fueron reveladas unos momentos
Antes del amanecer en
Una de las grandes avenidas
Que siempre están en discordia
Con la logica de las cosas útiles:
El vino joven ..
El sexo promiscuo ..
Las compras compulsivas
Y quizás .. el ir a la iglesia
En un día de trabajo.
Nos reconocemos en los
Sueños vivos capturados en
Las pinturas de Goya y El Bosco.
Y allí, bailamos nuestro último tango;
Lenta ..
Y religiosamente ….
Y huimos de la memoria exacta
A la sombra de nuestras
Últimas
Indiscreciones.
Carta erótica.
Al principio comenzamos con un beso en la boca, para abrir la puerta de tu templo sagrado. Sólo una vez. El sexo siempre se empieza de esta manera, mi amor. Como yo ato tus muñecas detrás de tu espalda yo entonces beso suavemente tu cuello y los hombros, y luego procedo a penetrar en tus oídos dulces con mi lengua antes de acariciar amorosamente tu cabello. Yo te doy la vuelta y estamos uno frente al otro. Yo te miro profundamente a los ojos y beso tus labios de nuevo – esta vez con más fervor. Después bloqueo tu vista con la bufanda y me tienes más cerca, así que te permites olerel olor a sudor de mis feromonas – así que sientes vértigo y estás borracho con las expectativas. Tú estás emocionado con las expectativas, pero yo te sorprenderé con suaves besos de mariposa – yo cepillo suavemente contra tus mejillas con mis pestañas. Y entonces tú comienzas a derretirte mientras yo te beso y te lamo sobre toda la parte frontal de tu cuerpo hermoso – de pies a cabeza. Antes de proceder ponerte del lado de atrás yo encierro en una jaula a tu pene. Tu culo empieza a temblar cuando mi lengua cava más profundo dentro de tí. En este momento tú deseas ser libre, de la bufanda que tienes sobre tus ojos y las ataduras en tus muñecas. Tú luchas contra tus ataduras, pero es en vano. Eres mi cautivo en este momento. Yo te daré lo que deseas – pero solamente a mi tiempo. Vas a obedecer. Y vas a saborear cada momento.
Y me encanta.
Te adoro.
No hay otra manera de decirlo:
Simplemente, te adoro!
Día y noche.
Desde el amanecer
hasta el atardecer.
En mis sueños.
Estoy hechizado por ti.
No hay escapatoria.
Y me encanta.
Y me encanta.
No seas tonto.
No seas tonto.
No te resistas.
Ven más cerca de mí,
con tus ojos
bien abiertos.
Deja de lado las cadenas
que te detienen.
Bésame, tonto.
¡Bésame!
Sólamente este momento …
Tenemos sólamente este momento.
Una pausa sola, sin aliento.
Un momento sin comienzo o final.
Una eternidad.
Un beso que quema nuestros labios.
Una pasión ilimitada.
Un momento que nunca puede ser olvidado.
Mis sueños son siempre iluminados cuando
me duermo … pensando en tí.
Un caballero; un hombre …
somos perfectos.
Pero no siempre perfectamente juntos.
Vivo para aquellos momentos de perfección.
Vivo para morir de amor por tí.
Tenemos sólamente este momento.
Una pausa sola, sin aliento.
Un momento sin comienzo o final.
Una eternidad.
Mi cuerpo tiembla …
cuando tus pestañas cepillan
contra mis mejillas.
Una pasión ilimitada.
Un momento que
nunca puede ser olvidado.
Abrázame, y nunca me déjes ir.
Este es nuestro momento.
Un hombre … un caballero;
somos perfectos.
Perfectamente ahora …
somos perfectos.
— Adam Donaldson Powell
_________________
Adáptate
Adáptate, Don Quijote.
Confía en el tiempo
y en la persistencia
de una pregunta honorable,
pero sobre todo,
confía en los ritmos
siempre cambiantes
de los molinos de viento
de tu mente.
Porque ellos guardan
los secretos de la victoriao
y la virtud.
La cordura es relativa.
— Adam Donaldson Powell
_________________
¿Qué tal, preciosa?
¿Qué tal, preciosa?
te escribo en silencio,
con palabras que tiemblan
igual que mi pecho.
Eres luz en la forma
más pura y más cierta,
hermosa por fuera,
pero más por dentro, abierta.
En tus ojos habita
un mundo sincero,
y en cada sonrisa
se detiene el tiempo.
No sabes lo mucho
que alegra mi día
leer tus correos,
tu dulce energía.
Cada línea tuya
es un abrazo lento,
que cruza la distancia
y llega hasta el centro.
Y aunque pase el tiempo,
y aunque falte tu voz,
te extraño en lo simple,
te extraño en mi sol.
¿Qué tal, preciosa?
te vuelvo a decir,
que el mundo es más bello
si pienso en ti.
— Adam Donaldson Powell
_________________
una apología de la identidad: el hambre que se niega a ser domesticada
No me malinterpretes—
he ensayado esta confesión frente a espejos,
en el reflejo opaco de las ventanas del tren,
en los ojos de hombres que querían menos que el mito.
Sé lo que soy.
Un coleccionista de fracturas,
un curador de ruina exquisita—
atraído no por los hombres, sino por sus heridas no dichas,
por las habitaciones cerradas detrás de sus costillas
donde algo salvaje camina de un lado a otro, invisible.
Digo amor,
pero no es amor como ellos lo archivarían—
no el archivo doméstico ordenado de mañanas compartidas,
de cepillos de dientes inclinándose uno hacia otro
como juncos obedientes.
No.
Quiero el sobresalto antes del contacto,
la vacilación antes de que el nombre sea pronunciado,
el silencio que se alarga demasiado
y se atreve a invitarme a cruzarlo.
Quiero al hombre que no cede.
Y sí—
los nombro como santos de una liturgia privada:
Genet, todo terciopelo criminal y traición sagrada,
Mishima, tallado en acero y soles imposibles.
¿Me oyes?
(Sé que sí—
tú detrás de la cuarta pared,
y tú detrás de la quinta,
donde el juicio finge no existir.)
Ves el patrón.
Ves el hambre disfrazada de devoción.
—
Me digo que es misericordia.
Que solo yo soy fluido
en el dialecto de su contención,
que solo yo puedo arrancar la confesión
de labios entrenados para sangrar antes de suplicar.
Lo imagino—
oh, lo coreografío con precisión obscena:
el momento de la fractura.
La rendición repentina.
La voz, baja, casi avergonzada—
estoy cansado.
Y yo, el testigo necesario,
recogería ese cansancio como contrabando,
lo acunaría, lo santificaría,
lo llamaría verdad.
Diría:
Ahora estás a salvo.
(¿Y eso no me haría divino?)
—
Pero incluso al decirlo,
siento la mentira presionar contra mis dientes.
La seguridad no es lo que busco.
No—
busco la resistencia,
la negativa lenta, elegante
que afila mi deseo
en algo casi hermoso.
Si ceden demasiado pronto,
se disuelven.
Si se ablandan,
desaparecen en la terrible categoría de lo posible.
¿Y qué hago con lo posible?
¿Qué hago con hombres
que responden directamente a las preguntas,
que colocan sus heridas en mis manos
como ofrendas ya desenvueltas?
Son amables.
Están disponibles.
Son—
Dios los perdone—predecibles.
Los aprendo demasiado rápido.
Mapeo sus miedos,
trazo los contornos de su anhelo,
encuentro la palanca que los hace girarse hacia mí
con esa mirada—
esa mirada que dice:
Dime quién ser.
Y lo hago.
Por supuesto que lo hago.
Me convierto en el arquitecto silencioso de sus afectos,
ajustando tono, tiempo, distancia—
un gesto retenido aquí,
una mirada prolongada allá—
hasta que quedan dispuestos a mi alrededor
como muebles en una habitación
que ya no deseo habitar.
—
Esta es la parte que no confieso en voz alta:
el control es un pobre sustituto de la conquista.
La domesticación es la muerte del deseo.
He convertido lobos en mascotas,
y luego me he preguntado por qué no mordían.
—
Así regreso, una y otra vez,
a lo inalcanzable.
A los hombres que nunca me dejarían entrar,
que preferirían arder
antes que ser comprendidos.
Permanecen intactos.
Permanecen otros.
Y por lo tanto, permanecen perfectos.
—
¿Lo ves ahora?
(Sí—lo ves. No apartes la mirada.)
Esto no es romanticismo.
Esto no es salvación.
Esto es identidad.
Soy el depredador de puertas cerradas,
el devoto de lo no dicho,
el que confunde distancia con profundidad
y resistencia con significado.
No los quiero como son—
los quiero en el momento de la ruptura,
y solo si la ruptura es rara,
y solo si yo soy la causa.
—
Pero aquí está la aritmética cruel:
los verdaderamente rotos no representan sus fracturas a voluntad.
Los verdaderamente reservados no se ablandan ante extraños.
Los verdaderamente distantes permanecen distantes.
No me necesitan.
Y aquellos que sí me necesitan—
los que se inclinan, se abren, se ofrecen—
se vuelven transparentes demasiado rápido,
su misterio se evapora
bajo el calor de mi atención.
Los supero
antes incluso de que hayan llegado.
—
Así camino por este estrecho corredor
entre hambre y aburrimiento,
entre mito y mantenimiento,
sin llegar nunca, sin quedar nunca satisfecho.
Solo—
no porque nadie se acerque,
sino porque rechazo la cercanía
que no me opone resistencia.
—
Escucha con atención—
esto es lo más cercano a una disculpa que ofreceré:
sé que la misión es imposible.
Sé que los hombres que busco
existen solo a una distancia
que los mantiene intocables,
intactos ante mi deseo.
Sé que si alguno alguna vez se volviera—
de verdad se volviera—
y dijera: Toma,
yo retrocedería.
O peor—
aceptaría,
y al aceptar destruiría la misma tensión
que lo hacía luminoso.
—
Y sin embargo.
Y sin embargo—
me despierto cada mañana con el mismo voto silencioso:
encontrar la fractura que no cede,
amar al hombre que no puede ser tenido,
permanecer en el umbral del silencio ajeno
y llamarlo hogar.
—
Puedes llamarlo soledad.
Puedes llamarlo patología.
Yo lo llamo—
identidad.
¿Y qué es un hombre
sin la historia que se niega a abandonar?
— Adam Donaldson Powell
_________________
PARLAR BRUT
Ombres que parlen brut
en bars poc il·luminats, plens de fum,
remouen gonades inquietes
cap a suggeriments, propostes
i dolces mentides brutes.
L’olor de suor corporal
es barreja amb perfum de grans magatzems
com l’oli i l’aigua,
cuir i seda —
improbable, però estranyament magnètic.
Oh sí…
M’encanta la manera com la mentida
que desprèn la teva postura fingida
lliga els meus canells i els meus genitals,
arrossegant-me de genolls;
exigint una submissió sense nom.
A la distància comencem
una dansa sensual d’anonimat:
em giro per atrapar la teva mirada,
tu mires cap a un altre costat;
els meus ulls cauen al meu còctel,
els teus recorren lentament el meu tors i els meus lloms.
Ho reconec amb un somriure i tu
marxes perquè he trencat les regles,
massa impacient per barrejar fantasia
amb realitat i, per tant,
insegur.
Finges indiferència mentre em mires
marxar amb un altre dues hores més tard.
I jo ja mig esgotat
em preparo per torpedinar la nostra conversa bruta
a les entranyes del meu compromís.
Prou.
ho sento tot el temps:
« quant aixeques al banc?…
quin és el teu QI?…
quin és el teu salari anual?…
quantes celebritats has conegut
a la teva vida?…
quants llibres has publicat?… »
prou bestieses!
anem a resoldre-ho…
el guanyador s’ho queda tot.
— Adam Donaldson Powell
________________
El Bufé de las Palabras
En el mostrador brillante de la delicatessen del habla,
entro hambriento de sentido, con la lengua que no se calla,
donde verbos en conserva cuchichean con adverbios,
y adjetivos flameados posan, soberbios.
Hay palabras de un dólar, pequeñas, de mercado,
“cosa”, “tema”, “tipo”, el repertorio gastado,
caben en el bolsillo, resuelven al momento,
pero vuelven en eco con gusto de viento.
Al lado, en bandeja de plata, con precio ostentoso,
reposan palabras de cincuenta dólares, tono pomposo:
“idiosincrasia”, “inexorable”, “locuaz” y “paradigma”,
cada sílaba con corbata, cada acento con enigma.
El camarero susurra: “sírvase con elegancia”,
pero tropiezo en mi lengua—¡qué fina extravagancia!
Tomo “paralelepípedo” solo para impresionar,
y derramo la salsa cuando intento pronunciar.
Hay palabras con aviso: “no tocar, es letal”,
“nunca”, “siempre”, “jamás”—condimento fatal.
Una pizca y la cena se vuelve tormenta,
y el perdón se esconde, tímido, en la trastienda.
En el rincón oscuro, prohibidas murmuran,
cubiertas por paños que apenas disimulan.
Son dulces amargos que se prueban en secreto,
y luego enjuagamos la boca con remordimiento.
En una jarra clara, palabras inútiles flotan:
“básicamente”, “literalmente”—van, vienen y rebotan.
Inflan la frase, hacen bulto elegante,
pero el hambre de sentido sigue vigilante.
También están las que usamos para herir,
palabras-aguja listas para punzar y huir:
“fracaso”, “ridículo”, “nadie te pidió”,
se sirven calientes donde el cariño faltó.
Y las que no regresan, como vaso quebrado,
una vez arrojadas, rompen lo amado:
“no me importas”, “da igual”, “no vales nada”,
barremos los restos, pero queda la grieta marcada.
Pero mira, en la vitrina más simple y sincera,
hay palabras de perdón en humilde bandeja:
“perdón”, “me equivoqué”, “¿puedo intentar otra vez?”,
saben a hogar y remiendan lo que fue.
Tomo un puñado de ellas, con pulso y razón,
las pongo en el plato de mi intención:
un poco de ligereza, un poco de precisión,
menos espuma vacía, más pan con corazón.
En la caja, la cuenta no acepta moneda:
se paga en consecuencias cada frase que queda.
Salgo lleno de lecciones y un recuerdo notorio:
hablar es cocinar destinos—y el silencio, su territorio.
— Adam Donaldson Powell
________________
Epitafio
Cuando la última luz afloje
su agarre sobre mi nombre,
y los archivos minuciosos del yo
empiecen a deshilacharse—
que caigan primero los discursos,
sus pulidos argumentos apagándose
como monedas en el fondo de un pozo.
Que los manifiestos se dispersen en el viento,
su urgencia sobrevivida por el silencio.
Dejad los libros que nunca terminé,
los lienzos que aspiraban al sentido,
las fotografías que intentaron atrapar el tiempo
y solo hallaron su eco.
Incluso las preguntas—
esas llamas brillantes e insistentes—
dejad que se apaguen sin respuesta.
Porque nada de esto me seguirá
más allá del pequeño umbral sin nombre
donde los títulos se aflojan
y toda agudeza es suavemente rechazada.
Lo que quedará—
si algo se atreve a quedar—
es más simple, y mucho menos adornado:
la silenciosa gravedad de manos unidas
sin testigos,
las misericordias no registradas,
el perdón dado demasiado tarde
pero dado al fin,
las veces que elegí quedarme
cuando irme era más fácil,
el frágil coraje de abrirme
una y otra vez,
a pesar de la evidencia.
Medidme allí—
no en el ruido que hice,
ni en las sombras que perseguí hasta darles forma,
sino en el calor que mantuve vivo
entre yo y otro.
Si he de ser escrito en absoluto,
que sea en esta breve línea:
que aprendí, imperfectamente,
a amar—
y fui, por un momento,
amado de vuelta.
— Adam Donaldson Powell
________________
caminar el coágulo de sangre
Camina su coágulo al amanecer
como otros hombres pasean perros viejos, labradores cansados,
bestias domésticas oliendo panaderías, lluvia, gasolina,
mientras la ciudad bosteza humo
y las palomas predican sobre los cables eléctricos.
Tres veces al día.
Siempre las mismas horas.
Siempre la misma manzana rota
girando bajo sus zapatos
como un rosario hecho de arterias defectuosas.
Los cirujanos levantaron las manos
bajo la luz blanca del hospital.
No podemos sacarlo.
No podemos disolverlo.
No podemos prometerte nada.
Entonces el viejo camina.
Saca el coágulo a tomar aire,
a mover las piernas asesinas
por los túneles húmedos de su cuerpo.
Y el bastón golpea la acera—
clac, arrastre, clac—
como un baterista de jazz medio ciego
que se niega a abandonar el escenario.
El bastón no es derrota.
Es una tercera pierna.
Una columna auxiliar
para cuando el dolor en las pantorrillas
decide bailar breakdance con cuchillos.
La gente lo mira.
Claro que sí.
El hombre ritual.
El espantapájaros gris
que da vueltas a la misma cuadra
como si protegiera algo invisible.
Algunos creen reconocerlo.
Y sí—
hace décadas su rostro vivía en pancartas,
en marchas,
en periódicos que hablaban de peste y castigo.
Chico símbolo del SIDA.
Activista.
Hermoso condenado profesional
que tuvo la mala educación de sobrevivir.
Pero él ya no piensa en el SIDA.
Ni en los otros diagnósticos
que cuelgan de su expediente médico
como grafitis escritos en latín.
Ahora combate el dolor con poesía.
La poesía funciona mejor que el alcohol,
mejor que las pastillas
que lo dejan flotando a las cuatro de la mañana
preguntándose si dormir
es un ensayo general para morirse.
Así que camina componiendo versos salvajes,
versos Beat con caderas destruidas,
versos de carretera para cuerpos oxidados.
¡Santo colesterol!
¡Santas arterias obstruidas!
¡Santo temblor humano bajo la lluvia nórdica!
Y cuando por fin el cansancio lo derriba,
duerme.
Duerme porque ha logrado cansar al miedo
una noche más.
Y en la mañana—
imposible, grosera, milagrosa—
la vida vuelve otra vez.
Entonces el viejo terco se levanta,
se pone el abrigo,
agarra el bastón,
le engancha una correa invisible a la muerte,
y sale a caminar.
__ Adam Donaldson Powell
_________________
Sueño / Vigilia
- Insomnio
Las ovejas se han vuelto indómitas—
ya no obedecen cercas,
saltan con aristas sobre mis pensamientos,
dejan jirones de lana en la inquietud.
Aun así las cuento:
uno, dos, tres—
sus pezuñas tintinean
como monedas cayendo
en los huecos de mi cabeza.
Le doy vuelta a la almohada:
frío, tibio,
como si el sueño fuera un animal esquivo
que se acerca solo si no me muevo.
Respiro despacio.
Más despacio.
Hasta que cada aliento pesa,
como esfuerzo, como derrota.
El reloj resuena demasiado.
El tiempo ya no avanza:
se tensa, se retuerce—
cada minuto aprieta más.
Intento vaciar la mente,
pero se llena
de instrucciones para vaciarse.
Oscuridad.
Silencio.
La forma de la nada—
pero la nada también tiene bordes,
y tropiezo con ellos.
La mañana aguarda, inevitable.
Y yo la espero despierto,
agotado
de no haber dormido.
II. Sueño que arrebata
El sueño no llega:
irrumpe.
A mitad de una frase
el mundo se desdibuja,
las voces se estiran en hilos
que no logro retener.
Me he quedado dormido en sillas,
en autobuses,
una vez de pie,
como un abrigo olvidado
contra la pared.
El café es un rumor.
El agua fría, una idea.
Mi cuerpo se inclina siempre
hacia otro lugar—
una gravedad íntima.
A veces la gente sonríe:
“qué suerte”, dicen,
mientras yo me borro otra vez
en medio de la risa, de la vida.
Los sueños se filtran en el día,
incompletos, insistentes—
otra realidad
mal cosida sobre esta.
Despierto a trozos:
un nombre perdido,
un instante ausente,
un cuarto cambiado sin aviso.
Aquí el sueño no protege—
roba.
Se lleva horas enteras
y me deja
solo la neblina.
III. Asedio de la mente despierta
Antes de que la hora veinticinco
afloje su garra invisible,
camino pasillos estrechos
de mi propia mente—
centinela que no cede.
La cama es campo de batalla,
las sábanas, serpientes pacientes
que susurran rendición.
Cada aliento
se cuenta, se disputa.
Los pensamientos avanzan sin tregua:
culpas a medio formar,
frases truncas,
ecos de diálogos
sin final.
No se disuelven—
pesan como campanas de hierro.
El techo se inclina, escucha.
Las sombras alargan los dedos,
miden cómo se desgasta mi voluntad.
Negocio con la noche:
un minuto más,
un segundo más—
como si pensar fuera
una llama frágil
que debo sostener.
Pero el reloj no cede.
Su pulso se vuelve grave,
un péndulo que atraviesa
carne y pensamiento,
borrando contornos.
La guardia cae.
Las palabras se vuelven murmullo,
el murmullo silencio—
y el silencio algo vasto,
algo que espera
bajo la superficie.
Entonces—
un derrumbe callado.
No una rendición,
sino un robo:
como el aliento en invierno.
El centinela se va,
las paredes ceden,
y me dejo llevar
por la corriente oscura
que arrastra todo
más allá de la voluntad.
IV. Travesía nocturna
En la hora veinticinco,
cuando el insomnio cede
a un crepúsculo junguiano,
el tictac impecable
del reloj
traiciona la conciencia
con su ritmo cruel.
Un réquiem de abandono:
almas indefensas
son guiadas, sin saberlo,
hasta el umbral del tiempo.
Las agujas se deforman,
miembros sin cuerpo
me arrastran
a un olvido giratorio.
Caigo sin fin:
ruinas flotantes,
selvas antiguas,
hasta una galaxia
de esquirlas verdes y translúcidas.
Los latidos de otros—
tantos, aún aterrados—
me empujan al grito
antes del impacto.
Despierto:
aferrado
a la luz circular
del reloj.
V. Volver a aquietar la noche
Me incorporo de golpe—
el aire entra a tirones,
el corazón protesta
contra profundidades invisibles.
La habitación regresa:
esquinas,
paredes cómplices,
el reloj, intacto en su tictac.
No hay abismo—
solo su eco,
como telaraña tras los ojos.
Recojo los restos del descenso,
respiración a respiración,
como si fueran fragmentos de vidrio.
Sin prisa.
Sin exceso.
Nombrando lo que queda:
cama,
cuerpo,
noche abierta.
El corazón afloja:
de alarma
a cautela,
de cautela
a calma.
Los pensamientos se ordenan,
se vuelven pasillos suaves,
iluminados tenuemente,
sin sobresaltos.
Aliso el instante.
Le quito las arrugas
con silencio.
Esta vez no caeré:
descenderé.
No arrastrado,
sino sostenido.
Cierro los ojos
como quien entra al agua:
prueba,
se entrega.
Y más allá del miedo,
el sueño espera—
no como prisión,
sino como guía paciente,
de manos suaves.
— Adam Donaldson Powell
__________________
Estar aquí ahora
Hay un fuego silencioso dentro de mí,
pequeño como una brasa bajo la ceniza del invierno,
y aun así fiel.
Permanece en vela
cuando mi cuerpo murmura sus traiciones—
la espesa queja de la sangre,
las alarmas sordas
a través de cansados corredores de hueso y vena.
He aprendido
que el dolor no siempre es un tirano.
A veces es solo una linterna
sostenida por una mano temblorosa,
advirtiéndome suavemente
que esta casa de carne está cansada,
que algunas habitaciones han quedado oscuras.
Y aun así—
el fuego permanece.
Y cuando el cuerpo se vuelve demasiado ruidoso,
cuando cada pulso llega cargado
con su propia profecía,
mi mente se libera
como un pájaro escapando del humo.
Allí,
en los países indómitos del pensamiento y del sueño,
me vuelvo libre.
Bailo.
No siempre con belleza—
a veces imprudente,
a veces salvaje en el olvido,
con los pies descalzos arrancando chispas
de pisos invisibles.
Y amo tanto el instante
que desaparezco dentro de él.
Sin pasado.
Sin diagnóstico.
Sin campanas de advertencia bajo las costillas.
Solo movimiento.
Solo respiración.
Solo la extraña santidad
de estar vivo por un instante desarmado.
Esta es mi gloria:
no que esté intacto,
sino que todavía pueda viajar más allá de la ruptura.
Esta es mi salvación:
el cielo interior que ninguna enfermedad puede encarcelar,
la puerta secreta que se abre sin fin
detrás de mis ojos.
Así me siento junto al fuego dentro de mí
y escucho—
no el miedo,
no la maquinaria frágil de la carne,
sino la voz silenciosa que dice:
Estar aquí ahora.
— Adam Donaldson Powell
_________________

Leave a Reply