
🇪🇸 Sueño / Vigilia
I. Insomnio
Las ovejas se han vuelto indómitas—
ya no obedecen cercas,
saltan con aristas sobre mis pensamientos,
dejan jirones de lana en la inquietud.
Aun así las cuento:
uno, dos, tres—
sus pezuñas tintinean
como monedas cayendo
en los huecos de mi cabeza.
Le doy vuelta a la almohada:
frío, tibio,
como si el sueño fuera un animal esquivo
que se acerca solo si no me muevo.
Respiro despacio.
Más despacio.
Hasta que cada aliento pesa,
como esfuerzo, como derrota.
El reloj resuena demasiado.
El tiempo ya no avanza:
se tensa, se retuerce—
cada minuto aprieta más.
Intento vaciar la mente,
pero se llena
de instrucciones para vaciarse.
Oscuridad.
Silencio.
La forma de la nada—
pero la nada también tiene bordes,
y tropiezo con ellos.
La mañana aguarda, inevitable.
Y yo la espero despierto,
agotado
de no haber dormido.
II. Sueño que arrebata
El sueño no llega:
irrumpe.
A mitad de una frase
el mundo se desdibuja,
las voces se estiran en hilos
que no logro retener.
Me he quedado dormido en sillas,
en autobuses,
una vez de pie,
como un abrigo olvidado
contra la pared.
El café es un rumor.
El agua fría, una idea.
Mi cuerpo se inclina siempre
hacia otro lugar—
una gravedad íntima.
A veces la gente sonríe:
“qué suerte”, dicen,
mientras yo me borro otra vez
en medio de la risa, de la vida.
Los sueños se filtran en el día,
incompletos, insistentes—
otra realidad
mal cosida sobre esta.
Despierto a trozos:
un nombre perdido,
un instante ausente,
un cuarto cambiado sin aviso.
Aquí el sueño no protege—
roba.
Se lleva horas enteras
y me deja
solo la neblina.
III. Asedio de la mente despierta
Antes de que la hora veinticinco
afloje su garra invisible,
camino pasillos estrechos
de mi propia mente—
centinela que no cede.
La cama es campo de batalla,
las sábanas, serpientes pacientes
que susurran rendición.
Cada aliento
se cuenta, se disputa.
Los pensamientos avanzan sin tregua:
culpas a medio formar,
frases truncas,
ecos de diálogos
sin final.
No se disuelven—
pesan como campanas de hierro.
El techo se inclina, escucha.
Las sombras alargan los dedos,
miden cómo se desgasta mi voluntad.
Negocio con la noche:
un minuto más,
un segundo más—
como si pensar fuera
una llama frágil
que debo sostener.
Pero el reloj no cede.
Su pulso se vuelve grave,
un péndulo que atraviesa
carne y pensamiento,
borrando contornos.
La guardia cae.
Las palabras se vuelven murmullo,
el murmullo silencio—
y el silencio algo vasto,
algo que espera
bajo la superficie.
Entonces—
un derrumbe callado.
No una rendición,
sino un robo:
como el aliento en invierno.
El centinela se va,
las paredes ceden,
y me dejo llevar
por la corriente oscura
que arrastra todo
más allá de la voluntad.
IV. Travesía nocturna
En la hora veinticinco,
cuando el insomnio cede
a un crepúsculo junguiano,
el tictac impecable
del reloj
traiciona la conciencia
con su ritmo cruel.
Un réquiem de abandono:
almas indefensas
son guiadas, sin saberlo,
hasta el umbral del tiempo.
Las agujas se deforman,
miembros sin cuerpo
me arrastran
a un olvido giratorio.
Caigo sin fin:
ruinas flotantes,
selvas antiguas,
hasta una galaxia
de esquirlas verdes y translúcidas.
Los latidos de otros—
tantos, aún aterrados—
me empujan al grito
antes del impacto.
Despierto:
aferrado
a la luz circular
del reloj.
V. Volver a aquietar la noche
Me incorporo de golpe—
el aire entra a tirones,
el corazón protesta
contra profundidades invisibles.
La habitación regresa:
esquinas,
paredes cómplices,
el reloj, intacto en su tictac.
No hay abismo—
solo su eco,
como telaraña tras los ojos.
Recojo los restos del descenso,
respiración a respiración,
como si fueran fragmentos de vidrio.
Sin prisa.
Sin exceso.
Nombrando lo que queda:
cama,
cuerpo,
noche abierta.
El corazón afloja:
de alarma
a cautela,
de cautela
a calma.
Los pensamientos se ordenan,
se vuelven pasillos suaves,
iluminados tenuemente,
sin sobresaltos.
Aliso el instante.
Le quito las arrugas
con silencio.
Esta vez no caeré:
descenderé.
No arrastrado,
sino sostenido.
Cierro los ojos
como quien entra al agua:
prueba,
se entrega.
Y más allá del miedo,
el sueño espera—
no como prisión,
sino como guía paciente,
de manos suaves.
__ Adam Donaldson Powell
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🇧🇷 Sono / Vigília
I. Insônia
As ovelhas se tornaram indomáveis—
já não respeitam cercas,
saltam afiadas sobre meus pensamentos,
deixam fios de lã presos na inquietação.
Mesmo assim eu conto:
um, dois, três—
seus cascos tilintam
como moedas caindo
nos vazios da minha cabeça.
Viro o travesseiro:
frio, morno,
como se o sono fosse um bicho arisco
que só chega se eu ficar imóvel.
Respiro devagar.
Mais devagar.
Até que cada respiração pesa,
trabalho, fracasso.
O relógio soa alto demais.
O tempo já não flui:
se estica, se torce—
cada minuto aperta mais.
Tento esvaziar a mente,
mas ela se enche
de instruções para se esvaziar.
Escuro.
Silêncio.
A forma do nada—
mas o nada também tem bordas,
e eu esbarro nelas.
A manhã espera, inevitável.
E eu a encaro acordado,
exausto
de não dormir.
II. Sono que toma
O sono não vem:
ele invade.
No meio de uma frase
o mundo se desfaz nas bordas,
vozes viram fios
que não consigo segurar.
Já adormeci em cadeiras,
em ônibus,
uma vez de pé,
como um casaco esquecido
numa parede.
Café é boato.
Água fria, tentativa.
Meu corpo sempre escolhe
outro lugar—
uma gravidade interna.
Às vezes riem:
“que bom isso”, dizem,
enquanto eu sumo de novo
no meio da vida.
Os sonhos vazam para o dia,
incompletos, insistentes—
outra realidade
mal costurada sobre esta.
Acordo em pedaços:
um nome perdido,
um instante apagado,
um quarto já diferente.
Aqui o sono não acolhe—
rouba.
Leva horas inteiras
e deixa
só um véu.
III. Cerco da mente desperta
Antes que a vigésima quinta hora
afrouxe seu aperto,
ando por corredores estreitos
da minha própria mente—
vigia que não desiste.
A cama vira campo de batalha,
lençóis como serpentes pacientes
sussurrando rendição.
Cada respiração
é contada, disputada.
Os pensamentos marcham:
culpas pela metade,
frases interrompidas,
ecos sem fim.
Não desaparecem—
pesam como ferro.
O teto se inclina, escuta.
Sombras alongam dedos,
medem o desgaste da vontade.
Negocio com a noite:
mais um minuto,
mais um segundo—
como se pensar fosse
uma chama frágil
que só eu sustento.
Mas o relógio não cede.
Seu ritmo pesa,
um pêndulo que atravessa
corpo e mente,
apagando contornos.
A vigília falha.
Palavras viram murmúrio,
murmúrio silêncio—
e silêncio algo vasto,
à espera sob a superfície.
Então—
um colapso mudo.
Não derrota,
mas furto:
como o sopro no frio.
O vigia parte,
as paredes cedem,
e eu me deixo levar
pela corrente escura
além da vontade.
IV. Travessia noturna
Na vigésima quinta hora,
quando a insônia cede
a um crepúsculo junguiano,
o tique-taque perfeito
do relógio
trai a mente
com seu ritmo cruel.
Um réquiem de abandono:
almas desprotegidas
são conduzidas
ao limiar do tempo.
Os ponteiros se desfazem,
membros sem corpo
me puxam
para um esquecimento giratório.
Caio sem fim:
ruínas suspensas,
selvas antigas,
até uma galáxia
de fragmentos verdes translúcidos.
Batimentos de outros—
tantos, ainda com medo—
me forçam ao grito
antes do impacto.
Acordo:
agarrado
à luz do relógio.
V. Reaprender a noite
Levanto de súbito—
o ar vem em golpes,
o coração protesta
contra profundezas invisíveis.
O quarto retorna:
arestas,
paredes cúmplices,
o relógio, intacto.
Não há abismo—
só o eco,
como teia atrás dos olhos.
Recolho a queda,
respiração por respiração,
como cacos de vidro.
Devagar.
Com cuidado.
Nomeio o que resta:
cama,
corpo,
noite ainda aberta.
O coração desacelera:
de alarme
a cautela,
de cautela
a calma.
Os pensamentos se acalmam,
viram corredores suaves,
luz baixa, ordem.
Nada salta da escuridão.
Aliso o instante.
Retiro as dobras
com silêncio.
Desta vez não caio:
desço.
Não puxado,
mas conduzido.
Fecho os olhos
como quem entra na água:
testa,
se entrega.
E além do medo,
o sono espera—
não como prisão,
mas como guia paciente,
de mãos leves.
— Adam Donaldson Powell

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