— Adam Donaldson Powell
Proust: el inválido libidinoso
Yacía encerrado entre corcho,
conspirador de almohadas,
respirando a duras penas,
alimentándose de perfumes,
de cartas,
de rumores,
del instante preciso
en que un escándalo
todavía no sabía
que ya lo era.
Su cuerpo era un asedio;
su curiosidad,
un imperio.
Codiciaba todo aquello
que el dinero no compra sin más:
la confidencia murmurada,
la traición apenas entrevista,
la invitación a punto de retirarse,
la mirada furtiva
entre un príncipe y un violinista,
entre una duquesa
y el muchacho hermoso
que fingía ignorarlo todo.
Su apetito era selectivo.
Amaba la aristocracia
del hechizo:
los ricos,
los influyentes,
los extraordinarios,
los nombres que abrían puertas
antes de llamar,
los genios
que llevaban el talento
como quien lleva un abrigo,
los jóvenes
cuya belleza parecía
un accidente feliz.
Todos eran piezas de colección.
No clavadas con alfileres,
sino prensadas
entre las páginas
de una memoria inagotable.
Una voz.
Un gesto.
Una mentira
demasiado elegante para parecer mentira.
Una risa cruel.
La inclinación exacta
con que la vanidad
se disfrazaba de encanto.
Frecuentaba los salones
como un naturalista
recorre un bosque,
identificando especies raras
antes del invierno.
Coleccionaba confidencias
como otros coleccionan orquídeas.
Decidme,
susurraba,
¿quién ama a quién?
¿Quién debe a quién?
¿Quién ha caído?
¿Quién sólo representa
el papel del triunfador?
Sabía que el chisme
es la historia
todavía en bata de casa.
Y a quienes más lo fascinaban
les concedía
el robo más delicado.
Ni monumento.
Ni dedicatoria.
Apenas un velo.
Una sonrisa prestada.
Una crueldad reconocible.
Una cadencia imposible de olvidar.
Un perfil entrevisto
a través del encaje translúcido
de la ficción.
Y así,
sin ser nombrados del todo,
quedaban a salvo
del olvido.
La obra maestra
fue su último salón:
una recepción interminable,
con invitaciones
que jamás caducan.
Sólo él decidía
quién permanecería
cuando se apagaran las lámparas,
quién sobreviviría
a la fortuna,
a la juventud,
a la propia biografía.
El inválido
coleccionó mariposas
sin abandonar la cama.
El inválido libidinoso
no ansiaba únicamente cuerpos,
sino la cercanía del resplandor;
no sólo afecto,
sino admisión;
no sólo secretos,
sino el privilegio exquisito
de convertirse
en su último custodio.
Lo que otros llamaban chisme,
él lo destiló
hasta volverlo ámbar.
Lo que los demás olvidaban,
él lo recordaba
hasta que la memoria misma
se convirtió
en inmortalidad.

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